No fue necesario tocar la puerta en la casa de Angélica: ella estaba sentada delante de la puerta sobre unas pequeñas escaleras que, supongo yo, servían de adorno.
-Te ves genial – puse ojos de plato, y la verdad que sí lo estaba: tenía puesto un vestido rojo que hacía que su piel se viera más blanca de lo normal, como cristal.
-Gracias – dijo apenada, y sus mejillas se pusieron rojas como un jitomate.
-¿Y a dónde iremos, mi querida cenicienta? – dije bromeando.
- Al palacio, pero primero debemos irnos hacia el carrusel, nos esperan – dijo señalando un taxi que supongo que había encargado.
La ayudé a subir con mucho cuidado, pues la verdad con ese vestido que tenía puesto no quería que se ensuciara o que se le arrugara.
En todo el camino estábamos platicando sobre qué haríamos en la fiesta. No sé por qué estaba yo emocionado, y eso era muy raro para mí; cada vez que la veía ahí sentada, sonriendo a mi lado y haciendo unos cuantos chistes, la veía ya como una amiga, y le puse atención a sus pláticas y noté que ella también me veía así. ¿Acaso se dio cuenta de la situación? Espero que sí.
Nos detuvimos frente a un departamento que era bastante grande; baje rápidamente a abrirle la puerta a mi “compañera”.
-A sus órdenes, Su Majestad – dije mientras le sostenía la mano para que se sostuviera.
-Gracias, caballero – lanzó una pequeña sonrisa.
Abrimos entre los dos la gran puerta que estaba enfrente de nosotros y Angélica entró primero, y ambos estábamos poniendo atención si alguien nos podría indicar hacia dónde teníamos que ir, pero no había nadie.
-¿Debemos entrar al elevador? – me dirigí hacia ella, pero decidida adelantó el paso hacia una puerta que se dirigía hacia las escaleras.
-No es necesario, está a dos pisos – rió de nuevo.
Subimos las escaleras mientras ella me sostenía el brazo, como si fuese su caballero. No era tanto lo que subimos, luego vimos una puerta a través de la cual se veía gente en un pasillo; al parecer ese era el lugar indicado.
-¿Lista? – le apreté el brazo mientras caminábamos hacia la puerta.
-Claro-me dejó caer el brazo y me empujó suavemente por la espalda tratando de que yo entrara primero.
Aunque estaba abierta, toqué la puerta; esperamos solo unos segundos, cuando un joven salió por ella con el rostro de suma diversión. Era alto y tenía el cabello corto y chino; era de tez blanca y parecía que hacía ejercicio, ya que se veía un poco robusto.
-¿Vienen a la fiesta? – dijo mientras trataba de hablar por encima del fuerte ruido que había adentro.
-Sí – dijo Angélica, lanzando un guiño.
No sé si lo que vi era cierto o mi imaginación, pero parecía real: Angélica y el chico que nos hizo pasar no pararon de mirarse. ¿Acaso eso era el amor a primera vista? Entramos los tres y me dejaron cerca de una mesa que estaba vacía mientras ellos se sentaron en dos asientos separados de mí. No paraban de hablar y cada vez que me volteaba a mirar a Angélica, ella lanzaba una carcajada de gusto: disfrutaba de la conversación.
Estaba sentado y aburrido; yo creí que iba a pasar toda la tarde platicando con ella pero al parecer ella se veía más cómoda con el chico que acababa de encontrar. Yo miraba por todos lados tratando de descubrir alguna fuente de diversión pero todos estaban sentados y la mayoría estaba recargada sobre un pequeño bar que había enfrente de una sala.
Miré con desánimo cómo la gente estaba al parecer cada uno en su plática, y suponía que yo era el único que estaba solo.
De pronto vi cómo dos personas que estaban bastantes alejados del bar platicaban un poco más fuerte que los demás. Eran Gabriel y Alan; al parecer, les enviaron la misma invitación. ¡No lo creía! Estaban ellos dos, y cuando los vi sabía que al menos esta noche no sería tan aburrida.
Traté de levantarme suavemente y pensé en pasar enfrente de ellos como si aún no me hubiera dado cuenta de su presencia. Afortunadamente vi al lado de ellos un pasillo que se dirigía a los baños. Me fui hacia el pasillo viendo hacia mis pantalones tratando de sacar algo y fue cuando pase enfrente de ellos.
-¡Espera! –dijo alguien a mi lado.
-¡Uh! – sonreía, pues sabía quién me había hablado.
Gabriel estaba sosteniendo una copa y me hacía señales de que fuera hacia él mientras Alan pedía otra copa.
-¿Qué haces aquí? –dije cuando caminaba hacia ellos.
-Pues – habló Gabriel – me invitó Alan, y a él lo invitaron unos amigos.
-¿Y con quién vienes? – preguntó Alan un poco curioso.
-Con una amiga- señalaba a Angélica, que estaba sentada con el chico; aun seguían platicando con gusto.
-¿Está con Alfredo? – preguntó Alan un poco extrañado.
-Sí es que así como se llama, sí. ¿Por qué?
-¡Él tiene novia! – Alan me lanzó una mirada preocupada.
-¡¿QUE!?- grité en medio de la fiesta pero el sonido era tan fuerte que nadie lo pudo haber escuchado.
No pude contenerme por la rabia que tenía sobre ese chico que estaba platicando con mi amiga. Me fui directo hacia él; estaba bastante furioso y, sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia él y le agarré el hombro con mucha fuerza.
-¿Te puedes ir a otros sitio, por favor? – le miré a los ojos con mucha rabia.
-¿A ti qué te pasa? – me contestó un poco confundido.
-Deja de hacerte el pendejo y por qué no mejor te vas con tu “novia”
-¿Qué sucede? – me preguntó Angélica cuando aun no sabía lo que sucedía.
-Es mejor que te calmes si no quieres que te lance un putazo – dijo. Se levantó y me intimide un poco ya que él que era más alto que yo.
-¡Tranquilos! – gritó Angélica en medio de nosotros para evitar una pelea, pero la verdad yo quería golpearlo para que dejara de andar zorreando con los demás.
-¡Vamos, pelea si es lo que quieres! – lo desafié cuando intenté apartarme de Angélica para pelear con Alfredo.
Él no contestó y empezó a subirse las mangas de su camisa.
De pronto sentí un dolor en la nariz: me lo había causado un golpe que me envió Alfredo. Me caí hacia atrás; no me importó el dolor y me volví a levantar para poder darle un golpe. Le lancé un puñetazo y me fui directo a su estómago. Él se agachó y me volvió aventar hacia atrás tratando de tirarme y empezar a golpearme.
De pronto vi cómo alguien se abalanzó hacia Alfredo, y le dio un golpe en la cabeza. Me paré para ver lo que sucedía, apenas sosteniendo mi cabeza después del golpe que me envió.
Era Gabriel tratando de defenderme. Gabriel era más alto que él y sabía que podía ganarle. Angélica se apoyaba sobre mí tratando de observar si estaba bien, mientras Alan trataba de separarlos. Ambos se dieron numerosos golpes
-¡Ya basta!- intervino Alan, se metió entre los dos y los separó de inmediato.
-Esto no se va a quedar así – dijo Alfredo limpiándose la sangre que se le escurría de la boca.
-¡Si vuelves a pegarle, te mato, hijo de…! -Gabriel se incorporó y se fue directo hacia a mí.
-¡Ya! – de nuevo gritó Angélica que ya parecía un poco asustada y furiosa al mismo tiempo.
Alfredo se salió de la sala y se fui directo hacia la puerta y se marchó.
Todos los de la fiesta estaban murmurando de lo que había sucedido mientras Angélica estaba platicando a solas con Alan. Gabriel, en tanto, estaba abrazándome como si yo hubiera recibido más golpes que él.
-¿Estás bien? – dijo Gabriel con voz preocupada.
-Sí claro, pero ¿tú? – y le fruncí el ceño viendo que él estaba más adolorido que yo.
-No te preocupes, es mejor que nos vayamos- me agarró del hombro mientras se dirigía hacia la puerta.
-Es mejor que yo lo lleve– dijo Alan – no queremos que duden sus papás lo que pasó. Gabriel, tú te llevarás a Angélica, y yo ya trataré de inventar algo.
Alan me agarró del hombro dirigiéndose a la puerta. ¿Por qué el tendría que llevarme?
Fuimos directo a su coche; quise voltearme para saber si Gabriel estaba siguiéndonos pero no vi ninguna respuesta.
El coche no estaba muy lejos pero Alan adelantaba el paso.
-¡Aquí quédate! -me avisó mientras trotaba hacia su carro.
Hacía mucho frio y escuchaba como mis dientes castañeteaban por la excitación.
Alan frenó su carro frente a mí y me subí despacio; ahí presté atención al dolor que me causaba el golpe, pues era demasiado.
Íbamos a paso lento mientras Alan pensaba en lo que iba a decir a mis padres.
-Vamos a una farmacia- dirigió su mirada hacia la mía con suma preocupación.
-No es necesario – dije, y trataba de sobarme la nariz y dejar que el dolor no interrumpiera la conversación.
-No es que quiera, necesitamos que el golpe no se note mucho – Aceleró su carro y se dio vuelta hacia la esquina, donde lejos parecía que había una farmacia.
-¿Sabes? – Comenzó a hablar – perdona por no haberte defendido – frunció el ceño.
-No te preocupes, solo fue un golpe, el que debería de haber ayudado es Gabriel, y lo hizo, pero… ¿dónde está Jessica?
-Jessica no pudo venir – se asomó por el retrovisor con cara de disgusto; parecía que no le gustaba recordar lo que sucedió.
-¿Pasó algo? – pregunté cuando lo vi un poco inquieto.
-No nada, solo que pues estamos hablando sobre unas cosas pero no pasa a mayores – me lanzó una mirada extraña cuando el carro se detuvo enfrente de la farmacia.
-Deja que compre unas cosas, ahorita vuelvo – apagó el motor, puso el freno de mano y se salió con rapidez.
Estaba recargado sobre el asiento tratando de descansar; mi moretón aun seguía doliéndome y quise verme por el retrovisor. Me di un susto cuando vi que toda mi nariz estaba roja como la nariz de un reno de los que viajan con Santa Claus: en verdad me veía muy mal.
Se abrió la puerta del lado y Alan trató de entrar con una bolsa llena de medicinas.
-Primero tómate esta pastilla, te servirá para que ya no se te inflame más el moretón. Después ponte este algodón con un poco de esto, servirá para qué deje de dolerte un poco – de nuevo encendió el motor y se dirigió hacia la carretera camino a mi casa.
-Te ves mal – me dijo observando mi moretón.
-Sí lo sé, debo pensar en algo – traté de ver por la ventanilla esperando que se me ocurriera una idea, cuando sentí como el teléfono estaba vibrando en mi pantalón como respuesta de un mensaje.
-Me mandaron un mensaje – dije mientras inspeccionaba el celular - ¡Son mis papás! – Me asusté cuando me di cuenta que eran ellos.
-¿Qué dice? –Alan parecía también un poco asustado.
“Hijo, es mejor que no vengas a la casa, al parece hubo un problema en la carretera en la que vienes, parece ser que hubo un choque tremendo, queremos que vuelvas mañana a la casa, por lo tanto quédate con Angélica, besos.”
-¡Qué bien! – dije emocionado después de que le repitiera el mensaje a Alan.
-Es mejor que le mandes un mensaje a Angélica por si tus papás le hablan a ella – sugirió. Manejaba lento después de saber la noticia del accidente.
Estaba escribiendo el mensaje a Angélica mientras veía como Alan aun seguía aturdido como si algo aun no cuadrara en él.
-¿Y ahora qué? – dije mientras apagaba el celular. Lo aventé a la parte trasera del coche.
-Es mejor que duermas en mi casa, no es conveniente ir de nuevo a la casa de Angélica; ya oscureció y no queremos problemas.
-Está bien – dije cuando aun sostenía el algodón en mi nariz – el dolor dejó de molestarme, parece que ya estoy mejor.
-Que bueno– me lanzó una sonrisa – No tardaremos en llegar, además mis padres no están, se fueron de viaje, así que puedes hacer adentro lo que tú quieras, siéntete como en tu casa.
-Gracias.
Me recosté un poco mientras avanzábamos; poco a poco el paisaje que veía a través de la ventanilla se oscurecía; mi vista se nublaba y gradualmente me adormecía y me perdía en un profundo sueño.
-Oye, ya llegamos – sentí como un brazo me estaba empujando el pecho.
-¿Ya?- me tallé los ojos después de sentir los golpecitos en mí.
-¡Sí, dormilón!- lanzó una pequeña carcajada mientras yo trataba de pararme lentamente para no caer inconsciente después del golpe que me dieron.
Alan abrió la entrada de su casa y dejó caer sus llaves al lado de la puerta; después avanzó más rápido para encender las luces del pasillo.
-¿Quieres quedarte un rato en la sala o quieres dormir en mi cuarto? – dijo con voz ronca; parecía que el también estaba un poco cansado.
-No te preocupes, estoy bien; aun no tengo sueño así que mirare un poco la televisión en la sala.
-Claro – me envió a paso lento hacia el sillón de piel que estaba al lado de nosotros, aun tenía mis pies torpes y él me sentó a lado suyo.
-Perdona por haberte preocupado después de todo lo que paso, perdóname- dije mientras me quitaba el algodón de mi nariz.
-Perdóname a mí por no haberte defendido.- dijo dulcemente
Encendí la televisión un poco desesperado buscando algo interesante en ella, pero no encontré nada hasta que apareció una pequeña película que al parecer era de amor o algo parecido.
-Me avisas cuando quieras dormir, mientras tanto me prepararé en mi cuarto – se levantó enseguida.
-No, Alan, yo dormiré en la sala – dije un poco avergonzado mientras el aun se encaminaba hacia su cuarto.
Alan se detuvo y se sentó a lado mío, pero esa vez sentí que estaba muy apegado hacia mí.
-No intentes que cambie de idea, quiero que te quedes a dormir en mi cama, yo me dormiré en la sala ¿sí? – y me lanzó una pequeña sonrisa. Yo lo miraba con mi cara confundida.
-No lo haré, no dormiré en tu cuarto- lo dije seriamente y sin hacerle caso el ruido que provocaba la televisión.
-Pues lo harás, quiero ayudarte después de no haberte defendido en la pelea, me siento como un completo idiota.
-¿Como un idiota? – y fue ahí cuando nos quedamos mirando por un largo rato: él no apartaba la vista de mí. En ese instante volvieron a mi mente todas las emociones que él me provocaba, después de haber olvidado cuánto me atraía en la escuela, él, mi amor platónico, mi Alan.
-¿Tienes hambre? – se levantó de nuevo hacia la cocina.
-Solo quiero un vaso de agua, estoy un poco sediento – dije turbado; después mire hacia el televisor: había una escena en la que el enamorado le mandaba muchas cartas a su novia mientras el componía una canción para ella. Al parecer él estaba encerrado en la cárcel.
-Que ridículo – dijo detrás de mí con el vaso en su mano.
-Claro que no – me quejé al mismo tiempo que agarraba el vaso. Me tomé casi toda el agua, pero a pequeños sorbos.
-Claro que lo es, debería mejor en pensar como escapar de la cárcel antes de que lo maten o algo así.
Se sentó a lado mío sin dejar de mirar la escena en la televisión.
-Pues deberías saber que no es ridículo, algún día lo harías con tu novia Jessica.- Observé que de nuevo puso su cara de mal amigos y su mandíbula apretaba más fuerte.
-¿Dije algo malo? – pregunté. Él seguía con ese gesto rígido.
-No, solo que no quiero que me hables de ella, eso es todo.
-Está bien – volví a tomar otro sorbo de agua y coloque el vaso en la mesita que estaba frente al sillón.
-¿Te puedo preguntar algo? –se dirigió hacia mi entrecerrando los ojos, como tratando de dormir un poco.
-Sí, claro – me senté más firme y erguido, tratando de escuchar atentamente lo que me iba a decir.
-¿Qué harías si estuvieras enamorado de una persona, pero eso no puede resultar ya que hay ciertos problemas en ella?
-¿Qué tipo de problemas?
-Digamos que… es difícil – movió la cabeza varias veces tratando de describirlo mejor.
-Dímelo- alcé la cabeza más alta, tratando de ayudarlo.
-Estoy enamorado de ti- me miro a los los tímidamente.

