-¡Hola!- dijo con su voz aterciopelada, la que no recordaba después de todo lo que pasé con Gabriel. -¿Cómo estás?
-Me encuentro bien, solo que aun ando un poco -no encontré la palabra indicada, aun seguía aturdido por la sorpresa. -¿Está todo bien?
-Sí, por supuesto, no pasa nada, solo quería saber cómo estabas.- se veía pálido y un poco nervioso, algo que no había visto en él.
-¡Ah!- intenté que mi voz aun no sonara como tonta-¿y cuál es el motivo de la visita?
-Este… quise saber si me podrías acompañar a ver con… Jessica… si con ella-
-¿Con Jessica?-estaba confundido- Pero ¿por qué tendría que acompañarte? Bueno… si se puede saber-
-Es que veo que ustedes dos casi no están juntos y pues sería buena idea que me acompañaras conmigo… y con ella, claro. -estaba aun más nervioso de lo normal, la verdad eso me ponía nervioso también, no sabía en qué responder.
-Perdóname Alan, pero es que tengo una pequeña cita con…-de pronto me acordé que según tenía acordado en ver a Jessica, pero eso era una mentira así que trataba de pensar rápido- con un amigo.
-¡Ah!-suspiro desilusionado- bueno pues perdona en molestarte, es que a lo mejor te hubiera llamado por teléfono, pero es que no lo tenía.
-Sí, claro, ahorita te paso mi número, pero se lo hubieras pedido a Jennifer -terminé de darle mi teléfono cuando noté que sus manos temblaban un poco.
-Bueno, gracias. Entonces te veo en la escuela-se volteó tan rápidamente que pareciera que se echaría a correr como si alguien lo estuviera persiguiendo.
-¡Alan!-grité cuando recordé algo pendiente que decirle, sabía que era el momento adecuado.
-¿Sí?-se siguió hacía a mí con pasos largos como si en verdad no se hubiera movido.
-Quería saber una cosa, ¿aun sigues enojado por no haberte pasado las respuestas del examen anterior?
Pareciera que quería saber de lo que me estaba refiriendo hasta que lanzó una pequeña carcajada tan contagiosa que me hizo reír entre dientes.
-Claro que no estaba enojado, solo que estaba… tu sabes, estaba pensando en otras cosas.-dijo aun con una sonrisa que se lanzaba de oreja a oreja.
-Que bien, creí que sí lo estabas, por un momento pensé que no me volverías a hablar otra vez.
-¿Cómo? Nunca te haría eso, es que eres un chavo genial, ¿sabes?
Después de que me dijo eso nos quedámos mirando por un momento con la mirada pegada uno en el otro; sabíamos que pasaba algo, pero aun no sabíamos que era; pero el súbito recuerdo de Gabriel me hizo esquivar su mirada hacia otro lado; eso lo desconcertó e hizo lo mismo.
-Creo que ya debería irme. -suspiró- Iré a ver a Jessica y pues supongo que algún día que puedas podrías acompañarnos a dar una vuelta, ¿está bien?
-Sí por supuesto, que se diviertan. –le respondí algo desconcertado.
Lanzó una pequeña sonrisa que hizo que me asombrara por sus lindos dientes blancos que pareciera que alumbraría cualquier sitio oscuro. Hizo un cómico gesto de despedida con su brazo y se dirigió hacia la otra esquina de la calle.
En verdad pasó todo esto en la mañana; creo que ese día fue algo fuera de lo común, algo a lo que no estaba acostumbrado a vivir: primero saldría con Gabriel y sentiría esa amistad cálida que teníamos entre él y yo, y que me provocaba fantasías muy intensas; después saldría en la noche con Angélica, aunque no sabía si me la pasaría bien o no en su pequeña fiesta a la que no quería ir. Pero sin duda lo más desconcertante fue la sorpresiva visita de Alan. ¿Por qué me quiso ver ahora y por qué se veía tan nervioso? En realidad era la primera vez que lo veía así (aunque a la salida del cine estaba bastante raro también) y más se me hizo extraño por la forma en la que me miraba; en verdad, nunca me esperé esa reacción. Fui directo a mi cuarto para ya prepararme a la gran cita, por así llamarlo, que tenía con Gabriel; me moría las ganas de verlo, quería andar con él y ver de nuevo sus lindos ojos, pero eso lo haría al último, pues cuando lo encontrara lo primero que vería sería su cuerpo delgado, el que a muchos no les llamaba la atención pero a mi me atraía; después vería su rostro, que parece haber sido tallado por los ángeles, y después me perdería en sus ojos azules que pudieran hacer que me perdiera en la más bella locura.
Estaba cambiándome de ropa después de una pequeña ducha y cuando llegó la hora de saber en qué vestir, fue que me cambiaba una y otra prenda no sé cuantas veces hasta hacer que todo se viera perfecto; sabía que ese día debería de ser perfecto y no me importaba ya como me lo iba a pasar en la fiesta que me invito Angélica, para nada.
Decidí en ponerme una playera blanca con una imagen de una banda de rock que me gustaba, después me puse unos pantalones entubados y unos tenis de los cuales no me despegaba, agarré por último una chaqueta de cuero y me puse un collar que tenía una figurita en forma de guitarra; estaba por asomarme en la ventana y algo me decía que era posible que esa tarde haría frío y mucho viento. Yo soy muy precavido así que decidí en llevarme también una bufanda de color gris; fui a verme al espejo y me sentí genial: sabía que esta ropa sería la adecuada.
Ya era la hora para verme en el parque con Gabriel, así que me despedí de mis padres hasta que mi papá se levantó para estirarse un poco
-¿Te tardarás?-me preguntó.
-No sé, la verdad, pero como ya les dije, iré a llamarles por si algo sucede – Quise irme de una vez, pues ya estaba ansioso.
-Está bien, posiblemente nosotros salgamos a algún lado, quizás tendremos que cerrar la puerta. ¿Llevas tus llaves?
-¿A dónde irán?-pregunte antes de contestar la respuesta de mi padre.
-Quizás al parque, ya nos aburrimos de la televisión.-se estiró de nuevo mi papá.
-¿¿Al de San Pedro??-al parecer grité en vez de preguntar.
-Sí, sí, tampoco no podremos ir lejos ¿Qué sucede?-me pregunto de forma que creí que sospechaba algo.
-No… no sucede nada, bueno, entonces si van, me avisan ¿sí?
-Ahá- dijo mi papá; luego se volteó mi papá y se dirigió a la cocina.
Cerré la puerta y me fui corriendo hasta el parque y llegar lo más antes posible para explicarle a Gabriel que sería mejor que nos fuéramos a otro lado. Mis pies no podían seguir el ritmo al que yo quería, estaba muy cansado y cuando cruce por una tienda, quise parar ahí; volteé en un pequeño refrigerador que tenían, quería algo que beber pero me hacía pensar que me tardaría más. Cuando pensé en eso, suspiré de lo más hondo y salí disparado hacia la calle de nuevo; corría y corría, pues tenía que alcanzarlo, lo sabía.
Ya estaba por llegar al parque y mis pies me decían que debía de parar pero no les quise prestar atención y fui corriendo aun mas rápido; estaba esquivando a toda esa gente que se volteaba a verme y sabía que uno que otro me estaba maldiciendo por estar aventándolos. Llegué al fin al centro del parque pero aun no había ninguna señal de él; pensé dar algunas vueltas alrededor, pero era mejor esperar ahí; me fui directo al pasto y me aventé ahí y disfrutar de toda la brisa que hacía y descansar un poco después de correr tanto.
Escuchaba claramente mi corazón palpitando al mil por hora y eso me hacía sentir aun más cansado; maldecía la hora en que se me ocurrió llevar la chaqueta de cuero, pues moría de calor y sudaba muchísimo. De pronto sentí que una pequeña sombra cruzaba por mi cabeza y no sentía más los rayos del sol sobre mí.
-¿Qué haces aquí?- me habló una pequeña voz que hacía que sonriera intencionalmente.
-Uh- no sabía quién era aún, así que de nuevo puse atención hacia la silueta que estaba enfrente y vi con claridad ese hermoso cabello que a mí me gustaba mucho.
-Creí que aun estabas por venir, pero ¿por qué estás tan cansado?
Aun no podía contener la respiración, se lo quería contar tan rápido como pudiera, pero mi cansancio me lo impedía.
-¡Quédate aquí!- me advirtió- te traeré algo de tomar, ¿está bien?
Aun no podía hablar, jadeando asentí con un movimiento en mi mano. Estaba tapándome los ojos con mis brazos y sentí como el aire estaba cruzándose sobre mí; la verdad nunca sentí el viento de forma tan dulce… tal vez sea porque me ayudaba a recuperarme.
-¡Aquí está, tómatela!-Me empezó a levantar poco a poco con su brazo en mi hombro, la verdad cada vez que lo sentía provocaba que mi corazón latiera muy rápido y eso a mí me gustaba, aun quería sentir cómo esas cosquillas en mi estomago me hacían temblar, me hacía sonreír, me hacía gritar por dentro, me hacía imaginar en muchas cosas, me hacía pensar en su rostro, en sus ojos, en Gabriel.
-¿Por qué no te lo tomas?- me preguntó, su mirada me seguía con la mía, el no los apartaba ni en un segundo. No me atreví a decirle que si bebía lo que me trajo, se acababa la magia de ese instante.
-No es necesario-dije-creo que estoy bien. Te debo de contar algo.
-¿Ah sí?-Levantó las cejas con su mirada confundida.
-Debemos irnos a otro lado, es que… cómo te lo puedo explicar… no quiero que me vean aquí ¿sí?, por eso necesito que nos fuéramos a pasear a otro lado, ¿Qué te parece?
-Sí, sí- empezó a mover su cabeza de manera acertada- por mí no hay ningún problema, pero la verdad ya me entró la curiosidad, ¿Por qué debemos irnos?-Aun seguía sus ojos sobre los míos con una intensa curiosidad.
-Después te lo platico, ¿está bien?, pero debemos irnos, la verdad no es muy seguro estar aquí.
-Mmmmm- después empezó a voltear a su alrededor, tratando de buscar algo.
-¿Qué buscas?-pregunté.
-Ando pensado en qué lugar ir.
-Pues vamos caminando, quizás encontremos algún bar o yo que sé.
Después lanzó una pequeña carcajada y de nuevo me empezó a mirar a los ojos. Fue tan intenso para mí que tuve que esquivar sus miradas para no tratar de caer en ellos y hacer alguna tontería.
-Quizás…- me empezó a agarrar al hombro y empezamos a caminar en dirección contraria- estarás más seguro si nos iríamos para mi casa, ¿Qué dices?
-¿Aaaaa… tttttuuu… casa?-tartamudeé y aun seguía mirando hacia el piso, no podía seguir viéndolo a sus ojos.
-Sí, si dices que no quieres que te vean, es mejor que nos fuéramos para mi casa, además como que hace mucho sol aquí y pues te ves cansado, quizás sea mejor irnos allá.
Intenté aun mantener la vista hacia el piso; la verdad todo lo que me dijo me dio una cierta sensación de vergüenza; aun seguía cansado y el tenía razón: puede ser muy vergonzoso andar en la calle con la imagen que tenía y además me convenía que mis padres no me vieran aquí, y su casa estaba un poco lejos de aquí.
-Está bien- al mismo tiempo que lo dije quise ver la reacción de Gabriel cuando asentí- pero vámonos de una vez.
Una pequeña sonrisa lanzó en su mirada; fue tan dulce y sensual a la vez que cuando él sonrió no quise apartar mi mirada de su sonrisa ni por un minuto: lo quería contemplar por cada segundo que pasaba.
Gabriel se paró por la avenida y esperó a que pasara un taxi, así sería más rápido para llegar a su casa. Yo estaba detrás de él, tratando de observar en todos lados para que nadie me viera con él; quise disimularlo, pero la verdad no era muy buena para eso. En un momento, su brazo de nuevo me tomó por la espalda y me dirigió hacia el coche; entré como si nada y me coloque al lado de la ventanilla; me gustaba ir siempre en ese lado, así podía mirar todo lo que me rodeaba y mirar los colores, la gente todo lo que se cruzaba frente a la ventana.
-Ahora, -empezó a acomodarse en su asiento y me envió una pequeña sonrisa; reaccioné al mismo tiempo y sonreí -ya que vamos a mi casa, ¿qué iremos a hacer ahí?
De pronto mi mente recobro algunas imágenes, imágenes en las que yo y Gabriel estábamos sentados viendo la televisión y yo estaba recostado en él y él estaba comiendo algunas palomitas; cuando pasaban los comerciales aprovechábamos para besarnos y acariciaros por un buen rato, él acariciando mi cabello y yo el suyo, abrazándonos y sintiendo cómo el contacto de nuestro cuerpos era cada vez más excitante…
-¿Qué iremos hacer?...-lo dijo como si estuviera platicando él mismo.
-Yo diría- estaba recapacitando después de imaginar las ideas que tuve -que es mejor que lo que se dé… ¿me explico?
-Sí, está bien- después me lanzó un pequeño guiño en su ojo azul que reflejaban mi sombra en él.
Aun no llegábamos a su casa; mientras avanzábamos miraba por la ventana y observaba los pequeños arboles que estaban en las avenidas. En donde vivía había pequeños parques forestales, así que lo único que podías ver en la carretera eran árboles y grandes cantidades de pasto y muchas cosas así, y eran lugares muy concurridos, así que se podía ver mucha gente en ese pequeño lugar.
Aún seguía viendo los arboles y las aves aunque poco a poco disminuía su cantidad a medida que avanzábamos; después observaba las casas que estaban en la carretera, parecía que ya estábamos entrando al otro municipio y aun así me estaba preguntando cómo era posible que llegara temprano Gabriel a la casa si él vivía lo bastante lejos.
Las casas eran grandes y cada una tenía su propio estilo y la mayoría de los colores que escogían eran fluorescentes ya sean amarillos, rojos, y por supuesto azules, tenía la impresión que estaba viajando en una pequeña maqueta construida por una niña de 6 años, las casas eran tan hermosas que parecían que eran de juguetes.
Gabriel se empezó a estirar tratando de buscar en su pantalón su billetera para pagar al taxista; yo ya deseaba que terminara el recorrido, pues no me gustaba estar mucho tiempo en un carro, aunque eso dependía de qué vista tenía yo.
El coche se detuvo y dejó de sonar su motor, Gabriel fue el primero en bajar y después se dirigió a una puerta de hierro que estaba al lado del coche; me tardé en bajar ya que mis pies estaban dormidos por tanto tiempo que estuve en el coche. Bajé y vi una casa de color verde pastel; otra parte de la casa tenía adornos de flores de color blanco; la casa estaba preciosa y al primer vistazo que di me enamore de ella.
-¡Llegamos!-dijo Gabriel con su voz entusiasmada.
-Tu casa está preciosa- le dije mientras inspeccionaba cada detalle de ella: los adornos, el pequeño patio que tenía enfrente.
-Gracias- lanzó otra pequeña sonrisa y levanto las llaves, las introdujo en la cerradura y me dio permiso para que entrara primero. Al entrar quise nuevamente asomarme a su mirada; él aun estaba feliz y yo, por supuesto, también.
Empecé a recorrer un pequeño corredizo de piedra que estaba pintado de color verde, supongo para que resaltara con el pasto que estaba al lado; después una puerta de madera, que era la entrada de su casa, que tenía unos pequeños pedazos de vidrio formando la figura de una rosa.
Él abrió de nuevo la puerta y me dejó entrar. Lo primero que vi era la sala, y al lado había una puerta, que creo era la cocina, pues algo como eso dijo él detrás de mí, aunque no me pareció importante; más allá había unas escaleras hacia donde estaban las habitaciones.
-¡Mira!, iré a recoger algunas cosas en la cocina; si quieres puedes entrar a mi cuarto, solo debes subir a las escaleras y en la primera habitación que veas es esa, y si quieres puedes dejar tu chaqueta aquí ¿ok?
-Sí- respondí, y me di vuelta hacia la sala para dejar la chaqueta ahí de aventón mientras caminaba hacia la escalera y me apresure en subir; cuando ya estaba arriba seguí por un pasillo largo; encontré la habitación de Gabriel, no esperé mas y entré de golpazo.
-¡¡Pero qué…!!- dije asombrado por todo lo que veía a mí alrededor: todo el cuarto estaba cubierto de pequeñas pinturas hechas a mano, otras en carboncillo muchas de las que no sabía con qué técnicas fueron hechas. La mayoría de los cuadros eran imágenes de paisajes o de esculturas, y estaban realmente asombrosas. Me dio la tentación de seguir viendo que más sorpresas había en su cuarto.
Después mire hacia un lado de la puerta: había un pequeño acuario donde solo habitaban dos pequeños peces. La verdad no sabía de qué clase eran, pero se veían muy hermosos también; encontré su pequeño alimento y me entretuve dándoselos poco a poco.
-Son tropicales-el susurro atravesó mis oídos atrás de mí y me incorporé de lo más rápido.
-¡Pues se ven geniales!-dije con asombro.
-Gracias- y de nuevo lanzó esa sonrisa que tanto me gustaba. -Y pues traje unos sobres de papas fritas, ¿gustas?
-Sí, gracias- agarré la bolsa, pero la verdad no tenía ganas de comer algo, solo la dejé al lado de un escritorio en donde estaban su computadora y uno montón de libros ordenados en filas.
-¿Te gusta leer?- le pregunté mientras agarraba el primer libro que me encontré.
-Sí, bueno cuando tengo tiempo me pongo a leer, pues soy de los que leen un libro completo en un solo día, la verdad no me gusta leerlo de partes, ¿me entiendes?
Lancé un movimiento en mi cara como asentimiento mientras observaba el título del libro que tenía en mis manos.
-“Inquieta compañía”-lo dije mientras hojeaba el libro con un gran interés.
-Es mi libro favorito, no paro de leerlo varias veces- se dirigió hacia su cama y se sentó mientras yo aun seguía leyendo el libro.
-Sabes…- empezó a hablar Gabriel. -¿Por qué no me invitas algún día a tu casa?
-¿A mi casa?-empecé a estirar mis cejas mientras ponía en su lugar el pequeño libro que tenía en mis manos -Pues cuando gustes…
-Sí, porque sería injusto que tú hayas entrado a mi casa cuando yo no he entrado todavía a la tuya- dijo eso y lanzo un pequeño guiño en su ojo.
-Gabriel- me senté al lado de él; la verdad quería preguntarle lo sucedido en el día anterior en el cine, pero la verdad aun no tenía la voluntad para hacerlo. -¿cuánto tiempo llevas con esto de la pintura?
-Desde muy pequeño ¿sabes? Mi mamá también pinta y me enseñó unos pequeños pasos, desde ahí agarre la manera de hacerlo. Siempre la veía en su pequeño taller que está en el sótano. ¿Quieres verlo?- y lanzó su mirada entusiasmada hacia la mía.
-¡¡Sí, sí, sí!!- y me incorporé rápidamente hacia la puerta de su cuarto.
-¿Y por qué la prisa?-me agarró del brazo mientras trataba de abrir la puerta. El contacto de su brazo hizo que sintiera un pequeño escalofrió y la quite de encima.
-No sé, solo es por curiosidad- miré hacia el suelo para que no pudiera ver mi reacción después de que alejara su brazo.
Abrió la puerta y se adelantó en bajar las escaleras para que lo siguiera hacia el sótano. Había una puerta que resaltaba a las demás; esa puerta estaba pintada de color rosa, un rosa pastel, y yo me quedé embobado después de observar con interés que había unas pequeñas manos pintadas en ellas.
-Son mis brazos cuando estaba bebé- inquirió Gabriel mientras trataba de abrir rápido la puerta para que no le preguntara nada más.
-¡Pasa!- noté en su cara que se sonrojó muy poco, pero eso me hizo lanzar una carcajada en mis adentros.
-¿Te estás riendo?- se puso delante de mí.
-No, solo que se ve bien la puerta- oculte mi risa lo más que pude para que se viera que estaba tratando de hablar en serio.
-Supongo que era una mala idea que vinieras al sótano - empezó a fruncir el ceño.
-¡Claro que no, Gabriel!, ya te tocará a ti ver mi casa.
Había unas escaleras que estaban de lo más grande, suponía que si uno se cayera en esas escaleras se moriría de un solo golpe mientras los golpeaba todos los escalones que tenía en ella.
-¡Ten cuidado! , ¿Sí? - agarró mi hombro para que no me pudiera caer. –Estas escaleras son muy viejas, siempre le digo a mi mamá que es mejor que las renováramos, pero ella es muy terca.
Bajábamos lentamente hasta que después de un minuto ya llegamos hacia la puerta, que no estaba pintada, solo era una simple puerta.
-Este cuarto- estaba tratando de abrir lentamente la puerta, como si se tratara de una puerta que entraba a un lugar que él también desconocía -es muy privado para mi mama, así que solo trata de tomarlo en serio.
No dije nada, solo estaba atento a que esa puerta se abriera de una vez para que pudiera ver cómo es que Gabriel se hizo un gran pintor y como es que cada una de sus pinturas me daba una cierta emoción al verlas.

